La Flecha negra
La Flecha negra —Bien, Dick, me marcharé —respondió sir Daniel—. La próxima vez que nos encontremos, te arrepentirás de haberte mostrado tan duro conmigo.
Y sir Daniel dio media vuelta y comenzó a alejarse por entre los árboles.
Dick se quedó observándole, presa de los más extraños y opuestos sentimientos, mientras sir Daniel marchaba, rápida y cautelosamente, volviéndose de cuando en cuando para lanzar una perversa mirada de reojo a aquel muchacho que le habÃa perdonado la vida y de quien no se fiaba aún del todo.
HabÃa, a un lado del camino por donde marchaba, un espeso matorral alfombrado de verde hiedra, aun en mitad del invierno impenetrable a la mirada.
AllÃ, de pronto, vibró un arco como una nota musical. Voló una flecha, y con horrible, ronco grito de agonÃa y de ira, el caballero de Tunstall alzó sus manos y cayó de bruces sobre la nieve.
Corrió a su lado Dick y lo levantó. Su cara se contraÃa con desesperación, y todo su cuerpo se agitaba en violentas convulsiones.
—¿Es negra la flecha? —preguntó, casi sin aliento.
—Negra es —contestó Dick, gravemente.