La Flecha negra
La Flecha negra Antes de que pudiera pronunciar ni una palabra más, una horrible contracción de dolor sacudió al herido de pies a cabeza, hasta casi saltar de los brazos de Dick, que lo sostenía, y con la extremada violencia de aquella angustia, voló su alma en silencio.
El joven le tendió suavemente de espaldas sobre la nieve y rezó por aquella alma pecadora, tan poco preparada para la hora de la muerte, y, mientras sus preces se elevaban, salió de pronto el sol y comenzaron sus trinos los petirrojos entre la hidra.
Al ponerse nuevamente en pie el joven, se halló con otro hombre, arrodillado a pocos pasos detrás de él, y aun con la cabeza descubierta, esperó Dick a que también el recién venido terminase su plegaria. Largo tiempo duró ésta. Baja la frente, cubierto el rostro con las manos, rezaba el hombre presa de gran agitación. Por el arco que yacía a su lado sobre la nieve, juzgó Dick que no era otro que el arquero que acababa de matar a sir Daniel.
Al fin, se levantó también y mostró el semblante de Ellis Duckworth.
—Richard —dijo gravemente—, os he oído. Vos tomasteis el mejor camino, el del perdón; yo he tomado el peor, y ahí yace el cuerpo de mi enemigo. Rezad por mí.
Y le estrechó fuertemente la mano.