La Flecha negra
La Flecha negra —Ved lo que hacéis, milord —dijo entonces Gloucester volviéndose a lord Foxham—. Buena pareja tenéis. El muchacho, cuando por sus buenos servicios le ofrecà mi favor, prefirió el perdón de un viejo marinero borracho. Bien se lo advertÃ; pero él siguió terco en su estupidez. «Aquà murió vuestro favor», le dije, y él, milord, con el mayor aplomo y aire impertinente: «Yo soy quien lo pierdo», me respondió. ¡Asà será, por la cruz!
—¿Eso dijo? —exclamó Alicia—. ¡Pues muy bien dicho, cazador de leones!
—¿Quién es ésta? —preguntó el duque.
—Una prisionera de sir Richard —respondió lord Foxham—; la señora Alicia Risingham.
—Cuidad de que se case con un hombre de quien podamos estar seguros —dijo el duque.
—HabÃa yo pensado en mi pariente Hamley, si es del agrado de vuestra excelencia —repuso lord Foxham—. Ha prestado buenos servicios a nuestra causa.
—Me parece bien —dijo Gloucester—. Casadlos rápidamente. Decid, hermosa doncella: ¿queréis casaros?
—Milord duque —contestó Alicia—, si el hombre es recto y bien hecho…
Y al llegar aquÃ, presa de gran consternación, se le ahogó la voz en la garganta.