La Flecha negra
La Flecha negra —Recto y bien hecho es, señora mÃa —replicó Gloucester, con toda calma—. Yo soy el único jorobado de mi partido; todos los demás están singularmente bien formados. Señoras y vos, milord —añadió con súbito cambio, adoptando cierto aire de grave cortesÃa—, no me juzguéis muy descortés si os dejo. En tiempo de guerra, un capitán no puede disponer a su gusto de sus horas.
Y con un gentil saludo, desapareció seguido de sus oficiales.
—¡Ay de mÃ! —exclamó Alicia—. ¡Estoy perdida!
—No lo conocéis —repuso lord Foxham—. Eso es para él una niñerÃa. Ya ni se acuerda siquiera de vuestras palabras.
—Pues entonces es la misma flor de la caballerÃa —observó Alicia.
—No, sino que tiene otras cosas en qué pensar —replicó lord Foxham—. No nos entretengamos más.