La Flecha negra
La Flecha negra En el presbiterio hallaron a Dick esperando, acompañado de unos cuantos jóvenes, y allí quedaron unidos él y Joanna. Cuando salieron de la iglesia, felices, pero con serio continente, para volver al aire helado y a la luz del sol, las largas filas de soldados ascendían ya por la carretera; ya ondeaba, desplegada al viento, la bandera del duque de Gloucester, y comenzaba a pasar frente a la abadía entre un grupo de lanzas; detrás de ella, rodeada de caballeros cubiertos de acero, el audaz, malvado y ambiciosísimo jorobado marchaba hacia su breve reinado y el eterno recuerdo de su infame reputación.
Pero el cortejo nupcial tomó hacia el lado opuesto de la dirección que seguía el ejército, y se sentaba al rato a desayunar alegre y sobriamente. Les sirvió el hermano cillerero, que también ocupó su puesto en la mesa. Hamley, olvidados sus celos, comenzó a cortejar a la nada refractaria Alicia. Y entre el sonar de las trompetas y el chocar de las armaduras de los soldados y de los caballos, que pasaban continuamente, Dick y Joanna, sentados uno junto al otro, se cogían las manos tiernamente y se miraban a los ojos con siempre creciente amor.
Desde aquel momento, el polvo y la sangre de aquella época turbulenta huyeron de su lado. Vivieron, alejados de sobresaltos, en la verde floresta donde empezó su amor.