La Flecha negra
La Flecha negra —Pequeño os hizo Dios —murmuró Hugh sonriendo—; acaso equivocaron el molde. No, master Shelton, no; yo soy de los vuestros —añadió, empuñando los remos—. Aunque no sea nada, un gato bien puede atreverse a mirar a un rey; y eso hice: mirar un momento a master Matcham.
—¡Cállate, patán, y dobla el espinazo! —ordenó Dick.
Se hallaban en la boca de la ensenada y la perspectiva se abrÃa a ambos lados del rÃo. Por todas partes estaba rodeado de islotes. Bancos de arcilla descendÃan desde ellos, cabeceaban los sauces, ondulaban los cañaverales y piaban y se zambullÃan los martinetes. En aquel laberinto de aguas no se percibÃa signo alguno del hombre.
—Señor —dijo el barquero, aguantando el bote con un remo—: Tengo el presentimiento de que John-a-Fenne[3] está en la isla. Guarda mucho rencor a los de sir Daniel. ¿Qué os parece si cambiáramos de rumbo, remontando la corriente, y os dejara en tierra a cosa de un tiro de flecha del sendero? SerÃa preferible que no os tropezarais con John Fenne.
—¿Cómo? ¿Es él uno de los de la partida? —preguntó Dick.