La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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La nueva disposición me gustó mucho. La goleta había sido reparada de arriba abajo; habían organizado seis camarotes en la popa de la nave, que ocupaban la parte posterior de la bodega principal, y esta fila de camarotes solo se comunicaba con la cocina y el castillo de proa a través de un estrecho corredor a babor. Inicialmente se había previsto que el capitán, el señor Arrow, Hunter, Joyce, el doctor y el caballero ocuparan estos seis camarotes. Ahora, a Redruth y a mí nos correspondían dos de ellos, mientras que el señor Arrow y el capitán dormirían en una parte de la cubierta que se había ampliado a ambos lados de tal manera que casi se podría haber denominado chupeta. Era muy baja, por supuesto, pero tenía espacio suficiente para colgar de ella dos coyes, e incluso el segundo oficial parecía satisfecho con este nuevo arreglo. Tal vez él también tuviera sus dudas respecto de la tripulación, pero es solo una suposición; pues, como pronto habréis de saber, no tuvimos mucha ocasión de beneficiarnos de sus comentarios.

Estábamos todos en plena faena, trasladando la pólvora y los catres, cuando los dos últimos miembros de la tripulación, acompañados por John el Largo, llegaron a bordo en un bote.

El cocinero trepó a bordo con la agilidad de un mono y, en cuanto vio lo que sucedía a bordo, gritó:

—Alto, camaradas, ¿qué estáis haciendo?


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