La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Estamos trasladando la pólvora, Jack[23] —le contestó uno.
—Pero ¡por todos los diablos!, si lo hacemos, perderemos la marea de la mañana —exclamó John el Largo.
—Son órdenes mÃas —dijo escuetamente el capitán—. Tú vete para abajo, que la tripulación tiene que cenar.
—A sus órdenes, señor —contestó el cocinero.
Y, saludando, desapareció inmediatamente en dirección a la cocina.
—Es un buen hombre, capitán —dijo el doctor.
—Puede —replicó el capitán Smollett—. Ojo con eso, muchachos, mucho ojo —continuó, dirigiéndose a los marineros que trasladaban la pólvora.
Y luego, de repente, se fijó en mÃ, que estaba observando el cañón giratorio que llevábamos en medio del barco, una larga pieza de bronce del nueve, y me gritó:
—Tú, grumete, fuera de ahÃ. ¡Ve a decirle al cocinero que te dé tarea!
Me esfumé, pero aún le oà que le decÃa en voz muy alta al doctor:
—No quiero favoritismos en mi barco.
Puedo aseguraros que compartà plenamente la opinión del caballero y aborrecà al capitán.