La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Toda aquella noche la pasamos con mucho ajetreo, pues había que estibar la carga; además llegaron varios botes con amigos del caballero, como el señor Blandly y otros, que acudían a desearle que hiciera un feliz viaje y regresara sano y salvo. Ni una sola noche en el Almirante Benbow había trabajado siquiera la mitad que aquella; y estaba cansado como un perro cuando, poco antes del amanecer, el contramaestre tocó el silbato y la tripulación se apostó ante los espeques del cabrestante. Pero aunque hubiese estado el doble de cansado, no me habría ido de cubierta por nada del mundo; todo me resultaba muy nuevo e interesante: las escuetas órdenes, el agudo pitido del silbato, los hombres corriendo a sus puestos a la vacilante luz de las linternas del barco.
—Vamos, Barbacoa, cántanos algo —gritó una voz.
—Lo de siempre —gritó otra.
—Está bien, camaradas —dijo John el Largo, que se encontraba por allí de pie con la muleta bajo el brazo.
Inmediatamente se puso a entonar aquella melodía con la letra que yo conocía tan bien:
Quince hombres sobre el baúl del muerto…
Y toda la tripulación le hizo coro:
¡Yujujú, y una botella de ron!
