La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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A bordo siempre llevaba la muleta colgada al cuello de un acollador para tener ambas manos libres en la medida de lo posible. Era un espectáculo ver cómo apoyaba la punta de la muleta en un mamparo y, apoyado en ella, compensando así los movimientos del barco, seguía cocinando como si estuviera en tierra firme. Aún era más sorprendente verle cruzar la cubierta en medio de una tempestad. Tenía un par de sogas tendidas, con las que se ayudaba a cruzar los tramos más anchos, y que llamábamos los rizos de John el Largo; y así se manejaba de acá para allá, ora apoyándose en la muleta, ora llevándola colgada del acollador, y caminaba tan ligero como cualquier otro hombre. Aunque algunos de los marineros que habían navegado con él anteriormente se compadecían al verlo tan disminuido.

—No es un hombre cualquiera, el bueno de Barbacoa —me dijo el timonel—. De niño fue a la escuela y cuando quiere habla como un libro abierto. Además, es valiente, más valiente que un león. Lo he visto agarrar a cuatro a la vez y cascarles la cabeza una contra otra… ¡y eso que él estaba desarmado!





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