La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —FĂjate bien, Hawkins —me decĂa—. Ese pájaro lo mismo tiene doscientos años; no se mueren nunca. Y nadie, como no sea el mismĂsimo demonio, habrá visto más pecados que Ă©l. NavegĂł con England, el gran capitán England[25], el pirata. Estuvo en Madagascar, en Malabar, en Surinam, en Providencia, en Portobelo[26]. Vio cĂłmo sacaron del fondo del mar los galeones hundidos. AllĂ aprendiĂł lo de «doblones de a ocho»; y no es de extrañar: ¡habĂa trescientos cincuenta mil, Hawkins! Estuvo en el abordaje del virrey de las Indias en aguas de Goa[27], ya lo creo que estuvo allĂ; y a simple vista parece joven. Pero oliste la pĂłlvora, Âżverdad, capitán?
—¡Listos para virar! —chillaba el loro.
—Es un lorito muy listo, ya lo creo que sà —decĂa el cocinero, sacándose un terrĂłn de azĂşcar del bolsillo.
Entonces el pájaro se ponĂa a picotear los barrotes y a lanzar una retahĂla de blasfemias tan infames que uno no podĂa dar crĂ©dito a sus oĂdos.
—Ya ves, muchacho —añadĂa John—, no se puede andar con brea sin pringarse. AquĂ tienes este inocente pajarillo mĂo jurando como un carretero y sin saber lo que dice, te lo aseguro. SerĂa capaz de soltar las mismas palabrotas delante de un cura, me explico.