La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Y John se llevaba la mano al gorro con aquel ademán tan solemne que le era propio y que me inducÃa a creer que era una bellÃsima persona.
Entretanto, el caballero y el capitán Smollett seguÃan bastante distanciados. El caballero no se andaba con rodeos: despreciaba al capitán. Por su parte, el capitán nunca hablaba a menos que le dirigieran la palabra, y entonces contestaba lo más escuetamente posible, sin decir una sÃlaba de más. Cuando se veÃa entre la espada y la pared, reconocÃa haberse equivocado con respecto a la tripulación, que algunos de los marineros eran tan trabajadores como a él le gustaba y que, por lo general, todos se portaban bastante bien. Respecto al barco, se habÃa enamorado de él:
—Señor, ciñe el viento mejor de lo que un marido esperarÃa que lo hiciera su esposa. Pero lo único que puedo decir —añadÃa— es que todavÃa no hemos regresado a puerto y que no me gusta esta expedición.
Al oÃr esas palabras, el caballero se daba media vuelta, se ponÃa a recorrer a grandes zancadas la cubierta, con la nariz bien levantada, y gruñÃa:
—Una tonterÃa más de ese hombre y reviento.