La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Habíamos remontado los alisios para ganar los vientos que nos llevaran a la isla que buscábamos (no puedo dar más detalles) y singlábamos hacia ella con tiempo bonancible de día y de noche. Aun con los cálculos más desfavorables, aquel sería seguramente el último día de nuestro viaje de ida; en algún momento de la noche o, a lo más tardar, antes de mediodía del día siguiente, debíamos avistar la isla del Tesoro. Nuestro rumbo era SSO, soplaba una brisa constante de costado y el mar estaba en calma. La Hispaniola navegaba suavemente y el bauprés se hundía al cabecear la nave, levantando espuma. Todo iba viento en popa y la tripulación estaba de muy buen humor, pues estaba a punto de concluir la primera parte de nuestra aventura.
Resulta que, al anochecer, después de haber terminado mis obligaciones, cuando me dirigía a mi catre, se me antojó una manzana. Subí a cubierta; el vigía estaba en la proa, oteando el horizonte en busca de la isla. El timonel estaba atento a las velas y silbaba tranquilamente por lo bajo. Aquello era lo único que se oía, excepto el romper de las olas contra la proa y los costados de la nave.