La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —No, no era yo —dijo Silver—. El capitán era Flint; yo era cabo, por lo de mi pata de palo. En la misma andanada en la que perdí la pierna se quedó el bueno de Pew ciego. Menudo cirujano el que me la amputó, con estudios y todo; sabía latín para dar y tomar. Pero lo ahorcaron como a un perro y dejaron sus restos a secar, como hicieron con los demás en cabo Corso. Fueron los hombres de Roberts, fueron ellos, y todo por cambiarle los nombres a sus barcos: el Royal Fortune[29] y los otros. Es lo que yo digo, que cuando a un barco se le bautiza, mejor no cambiarle el nombre. No hay más que ver al Cassandra, que nos trajo a todos sanos y salvos a puerto desde Malabar, después de que England apresara al virrey de las Indias. Y lo mismo sucedió con el Walrus, el viejo barco de Flint, que yo lo he visto teñido de sangre y a punto de hundirse con la carga del oro.
—¡Oh! —exclamó otra voz, la del marinero más joven que había a bordo, evidentemente lleno de admiración—. Era la perla de los mares, el bueno de Flint.
