La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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—También Davis era de lo mejor en todos los sentidos —dijo Silver—. Yo nunca navegué con él. Primero fui con England y luego con Flint, y ahí se acaba la historia. Y ahora aquí estoy, por mi cuenta, como si dijéramos. Pude ahorrar novecientos de lo que saqué con England, y doscientos de lo de Flint. No está mal para un marinero raso, y a buen recaudo lo tengo en el banco. Que lo importante, entérate bien, no es ganarlo, sino ahorrarlo. ¿Dónde está toda la gente de England ahora? Quién sabe. ¿Dónde están los de Flint? Bueno, la mayoría, aquí, a bordo, y encantados de que les den gachas después de que algunos de ellos han estado viviendo de limosna. Como el viejo Pew, que porque había perdido la vista y porque le daría vergüenza pedir, se gastó mil doscientas libras en un año, como si fuera un lord del Parlamento. Y ¿dónde está ahora? Pues con la pata estirada y criando malvas. Pero los dos años anteriores, mal rayo me parta, se los pasó muerto de hambre. Se dedicó a pedir, a robar y a cortarle el gaznate a algunos, y a pesar de ello buenas hambres pasó, por todos los demonios.

—Pues entonces, a fin de cuentas, no vale tanto la pena —intervino el marinero joven.



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