La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Dick —dijo Silver—, confÃo en ti. Tengo hecha una marca en el barril. Aquà está la llave; llena un pichel y súbelo.
A pesar de mi terror, no pude evitar pensar para mis adentros que asà fue como Arrow debió de cogerse la melopea que acabó con su vida.
Dick tardó poco en volver, pero durante su ausencia Israel le habló al oÃdo al cocinero. Apenas pude pescar un par de palabras, pero me enteré de algunas cosas importantes; porque, además de otros detalles sobre el mismo asunto, alcancé a oÃr esta frase entera: «Ninguno más se unirá a nosotros». Aquello querÃa decir que todavÃa habÃa algunos hombres leales a bordo.
Cuando Dick regresó, se pasaron el pichel uno a otro y fueron bebiendo, brindando primero «por la buena suerte», luego «por el viejo Flint» y finalmente el propio Silver dijo como canturreando: «Este por nosotros, y viento en popa; gran botÃn y mucho alimento».
En aquel mismÃsimo momento, un rayo de luz cayó sobre el fondo del tonel donde yo me encontraba, y vi que habÃa salido la luna, que bañaba de plata la escandalosa de mesana y relucÃa blanca sobre el trinquete; y casi al mismo tiempo la voz del vigÃa gritó: «¡Tierra a la vista!».