La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Cuando volví en mí la bestia se había dominado, y tenía la muleta bajo el brazo y se había puesto el sombrero. Tom yacía inmóvil en el suelo ante él; pero el asesino, sin prestarle la menor atención, limpiaba su ensangrentada navaja en una mata de hierba. Todo lo demás estaba como antes, el sol resplandecía inmisericorde sobre la humeante ciénaga y sobre el alto picacho del monte, y me costó trabajo convencerme de que se había cometido aquel crimen y de que unos momentos antes se había segado cruelmente una vida humana ante mis propios ojos.
Entonces John se metió la mano en el bolsillo, sacó un silbato y lo tocó varias veces con un tono determinado que resonó potentemente en el cálido aire. Por supuesto, no comprendí el significado de aquella señal, pero inmediatamente despertó mi temor. Seguro que acudirían otros hombres y que me descubrirían. Ya habían asesinado a dos personas honradas; después de Tom y Alan, ¿por qué no iba a ser yo la siguiente víctima?