La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Inmediatamente me decidà a salir de mi escondite arrastrándome por donde habÃa venido, todo lo rápida y silenciosamente que pude, hasta la parte más clara del bosque. Mientras hacÃa esto, podÃa oÃr gritos de saludo entre el viejo bucanero y sus compinches, y aquella señal de peligro puso alas en mis pies. En cuanto salà del soto, eché a correr como nunca lo habÃa hecho antes, sin prestar la menor atención a la dirección de mi huida, con tal que me alejase de los asesinos; y cuanto más corrÃa, más miedo tenÃa, hasta que fui presa del pánico.
¿Acaso podÃa haber alguien más desesperado que yo? Cuando se oyese el cañonazo, ¿cómo iba a atreverme a bajar hasta los botes con aquellos bandidos que todavÃa tenÃan sangre fresca en sus manos? En cuanto me viera el primero de ellos, seguro que me retorcerÃa el pescuezo como a un pollo. Por otra parte, mi ausencia serÃa sin duda para ellos prueba de mi temor y, por lo tanto, de mi fatal conocimiento de los hechos. No tenÃa escapatoria, pensé. Adiós a la Hispaniola, adiós al caballero, al doctor y al capitán. No me quedaba más remedio que morirme de hambre o perecer a manos de los amotinados.