La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Para aquel entonces, la goleta y su diminuta pareja se deslizaban a bastante velocidad por el agua; de hecho, ya nos habíamos puesto a la altura de la hoguera del campamento. El barco iba siseando, como dicen los marineros, y además bien alto, surcando las innumerables olas con un incesante y espumeante chapoteo; y hasta que no tuve los ojos por encima del repecho del ventanal, no pude comprender por qué la guardia no se había alarmado. Sin embargo, me bastó con un vistazo; y de hecho solo conseguí echar un vistazo desde mi inestable esquife. Vi que Hands y su compañero estaban sumidos en una lucha a muerte, y se tenían agarrados el uno al otro por el cuello.
Me dejé caer de nuevo en la bancada del bote, y en buena hora, pues estaba a punto de volcar. De momento no vi nada más que aquellos dos rostros rojos de ira, tambaleándose, pegados el uno al otro, bajo la humeante luz del quinqué; cerré los ojos para que volvieran a acostumbrarse a la oscuridad.
Por fin se había acabado la interminable cantinela, y la mermada banda acampada alrededor de la hoguera se había puesto a cantar a coro el estribillo que tantas veces había oído:
Quince hombres sobre el baúl del muerto…
¡Yujujú, y una botella de ron!
Belcebú y la bebida acabaron con su vida…
¡Yujujú, y una botella de ron!