La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El loro estaba picoteándose las plumas, posado sobre el hombro de John el Largo. Este me pareció también más pálido y más serio que de costumbre. TenÃa todavÃa puesta la casaca de gala con la que habÃa llevado a cabo su embajada, pero estaba hecha un asco, manchada de barro y desgarrada por las punzantes zarzas del bosque.
—Asà que aquà tenemos a Jim Hawkins; ¡mal rayo me parta! —dijo—. Conque has venido a hacernos una visita. Bueno, me lo tomaré como un gesto amistoso.
Y diciendo estas palabras, se sentó en el barril de aguardiente y empezó a cargar la pipa.
—Alcánzame esa tea, Dick —dijo. Y cuando hubo prendido la pipa, añadió—: Con eso basta, muchacho, mete la candela en el montón de leña; y vosotros, caballeros, poneos cómodos, no tenéis que permanecer en pie delante del señor Hawkins; él os disculpará, no os quepa la menor duda. Vaya, vaya, Jim —dijo atacando la pipa—, asà que aquà estás; qué sorpresa le has dado al bueno de John. Me di cuenta de que eras un chico listo la primera vez que te eché la vista encima; pero con esto me dejas boquiabierto, de veras.
Como podéis imaginaros, ante toda aquella perorata no dije ni pÃo. Me habÃan colocado con la espalda contra la pared y allà me quedé mirando a Silver de frente, aparentando tranquilidad, creo yo, pero con el corazón sumido en la más negra desesperación.