La Isla del tesoro
La Isla del tesoro 
Silver pegó un par de caladas a la pipa, muy ceremonioso, y luego prosiguió:
—Mira, Jim, ya que estás aquà voy a confesarte una cosa. Siempre me has caÃdo muy bien, porque eres un chico listo, mi vivo retrato cuando era joven y guapo. Siempre deseé que te unieras a nosotros y compartieras nuestras ganancias, y que murieras hecho un caballero. Y ahora, muchacho, no te queda más remedio. El capitán Smollett es un gran marinero, eso no se lo voy a negar, pero es muy duro con la disciplina. «Lo primero es la obligación», suele decir, y tiene razón. Más vale que te mantengas a distancia del capitán. El propio doctor se puso furioso contigo y dijo que eras un «granuja desagradecido». En resumidas cuentas: no puedes regresar con los de tu banda, porque no te volverán a admitir; y a no ser que quieras formar por tu cuenta una tercera tripulación, y te sentirÃas bastante solo, tendrás que unirte al capitán Silver.
Hasta ahà muy bien. Eso querÃa decir que mis amigos seguÃan vivos y, aunque en parte creÃa que era cierto lo que habÃa dicho Silver con respecto al enfado del grupo por mi deserción, me sentà más aliviado que disgustado por las palabras que acababa de oÃr.