La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Y eso sin tener en cuenta que estás en nuestras manos —prosiguió Silver—, que lo estás, como puedes figurarte. Yo siempre estoy dispuesto a hablar, porque nunca he visto que salga nada bueno de las amenazas. Si tienes ganas de enrolarte con nosotros, puedes hacerlo; y si no, Jim, eres muy libre de decir que no; libre, y todos tan contentos, camarada. ¡Y que me aspen si existe un marinero que pueda decir nada más justo!
—¿Tengo que contestaros? —pregunté con voz temblorosa.
Durante toda aquella sarcástica parrafada me hizo sentir la amenaza de muerte que colgaba sobre mi cabeza; me ardÃan las mejillas y el corazón me latÃa dolorosamente en el pecho.
—Chico —dijo Silver—, nadie te está metiendo prisa. Calcula tu posición. Ninguno de nosotros te va a meter prisa; y es que el tiempo pasa tan agradablemente en tu compañÃa…
—Pues bien —dije, recobrando un poco de valor—, si he de elegir, declaro que tengo derecho a saber cómo están las cosas y por qué estáis aquà y dónde están mis amigos.
—¿Que cómo están las cosas? —repitió uno de los bucaneros con un profundo gruñido—. ¡Suerte tendrÃa el que lo supiera!