La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro, amigo mÃo? —le gritó Silver en tono truculento al que acababa de meter baza.
Y luego, volviendo a su anterior tono condescendiente, me contestó:
—Ayer por la mañana, señor Hawkins, durante la guardia de cuartillo, se presentó el doctor Livesey con bandera blanca y me dijo: «Capitán Silver, te han traicionado; el barco se marcha». Bueno, puede que hubiéramos bebido un vaso y cantado un rato, no te diré que no. En todo caso, ninguno de nosotros habÃamos estado atentos. Entonces miramos hacia el mar y, ¡rayos y truenos!, el maldito barco habÃa desaparecido. Nunca vi a una pandilla de tontos poner más cara de besugo; y yo peor que ninguno, puedes creerme. «Llagamos un trato», dijo el doctor. Asà que hicimos un trato, él y yo, y aquà estamos con lo nuestro: las provisiones, el aguardiente, la cabaña, la leña que fuiste tan amable de cortar y, por asà decirlo, todo el bendito barco, de la cruceta a la sobrequilla. En cuanto a ellos, se largaron y no sé dónde están.
Volvió a darle una larga calada a la pipa y luego prosiguió: