La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Siguiendo las instrucciones de Silver, remábamos suavemente para que los hombres no se cansasen antes de tiempo; tras un trayecto bastante largo, atracamos en la desembocadura del segundo río, el que baja por un barranco frondoso del cerro del Catalejo. Desde allí torcimos por la izquierda y comenzamos a subir la cuesta hacia la meseta. En el primer tramo, el terreno pesado y cenagoso y la densa vegetación palustre demoró mucho nuestro avance. Pero, poco a poco, la cuesta se fue haciendo más empinada y el suelo más pedregoso bajo nuestros pies, y el bosque empezó a cambiar de aspecto y a crecer más ordenado y abierto. De hecho, nos acercábamos a una parte de la isla muy agradable. En lugar de hierba crecían por allí matorrales aromáticos y retamas en flor. Los fustes rojizos y la ancha sombra de los pinos rayaban a trechos los grupos de mirísticas verdes, cuyo aroma se mezclaba con el de los primeros. Además, soplaba un aire fresco que nos aliviaba maravillosamente de los rigores de los rayos del sol.

Los hombres de la expedición se dispersaron por tierra, formando un abanico, gritando y saltando de acá para allá. Aproximadamente en el centro y a buena distancia por detrás de los demás seguíamos Silver y yo; yo, amarrado con la cuerda; él, surcando con la muleta la gravilla del suelo y resoplando. De hecho, de cuando en cuando tenía que echarle una mano para que no se cayera y rodara cuesta abajo.


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