La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Llevábamos caminando asà cosa de ochocientos metros y nos acercábamos a lo alto de la meseta, cuando el hombre que iba más a la izquierda empezó a lanzar gritos como de terror. EmitÃa un chillido tras otro y sus compañeros echaron a correr hacia donde este se encontraba.
—No puede haber dado con el tesoro —dijo el viejo Morgan cuando pasó a toda prisa por delante de nosotros procedente de la derecha— porque aquello es una loma despejada.
De hecho, lo que descubrimos cuando nosotros también llegamos a aquel lugar fue algo muy distinto. Al pie de un pino bastante grande, y medio oculto por una enredadera que en parte habÃa levantado algunos de los huesos más pequeños, se veÃa un esqueleto humano cubierto con algunos harapos. Creo que todos los corazones se helaron durante un instante.
—Era un marinero —dijo George Merry, que, más atrevido que sus compañeros, se habÃa acercado y examinaba los jirones de ropa—. Al menos, esto es paño de marinero del bueno.
—SÃ, sÃ, por supuesto —dijo Silver—. No Ãbamos a encontrar aquà a un obispo, digo yo. Pero qué disposición más extraña la de esos huesos. No es natural.