La Isla del tesoro
La Isla del tesoro En efecto, al mirarlo más detenidamente, era imposible imaginar que aquel cuerpo estuviera en una postura natural. Aparte de algún pequeño desorden (obra, tal vez, de las aves que se lo habÃan comido o del lento crecimiento de la enredadera que habÃa ido envolviendo poco a poco sus restos), el esqueleto estaba perfectamente estirado, con los pies apuntando en una dirección, y los brazos extendidos por encima del cráneo, como un nadador cuando se tira de cabeza, apuntando en dirección completamente opuesta.

—Mi cabezota está maquinando algo —observó Silver—. Aquà está la brújula; aquel es el punto culminante de la isla del Esqueleto, el que despunta como un diente. Comprobad la posición siguiendo la lÃnea de los huesos.
Eso hicieron. El esqueleto señalaba exactamente la dirección de la isla, y la brújula marcaba precisamente ESE y una cuarta al E.