La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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—Ya me lo parecía —exclamó el cocinero—. Esto es una señal. Justo ahí delante tenemos la estrella polar y nuestro querido botín. Pero ¡por todos los rayos y truenos!, se me hiela la sangre de pensar en Flint. Esta es una de sus bromas, no cabe duda. Él estuvo aquí a solas con sus seis hombres y los mató a todos; y a este lo arrastró hasta aquí y lo orientó con la brújula. ¡Mal rayo me parta! Los huesos son largos y los cabellos eran rubios. Sí, probablemente sería Allardyce. ¿Te acuerdas de Allardyce, Tom Morgan?

—Vaya si me acuerdo —contestó Morgan—; me debía dinero, y se llevó mi navaja cuando zarparon.

—Hablando de navajas, ¿por qué no buscamos la suya? —intervino otro—. Seguro que está por aquí cerca. Flint no era el tipo de hombre que le vacía los bolsillos a un marinero; y digo yo que los pájaros no se la habrán llevado.

—¡Por todos los demonios! Es cierto —exclamó Silver.

—Aquí no queda nada —dijo Merry, que seguía revolviendo por entre los huesos—, ni un ochavo de cobre ni una tabaquera. Esto no me parece nada normal.

—No, ¡caramba!, no lo es —reconoció Silver—, ni natural ni agradable, me parece a mí. ¡Rediez, camaradas! Si Flint estuviese vivo, buena nos esperaría aquí. Seis eran ellos y seis somos nosotros. Pero ahora ellos no son más que huesos.


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