La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Muerto lo he visto con estos mismÃsimos ojos —dijo Morgan—. Billy me lo enseñó. Estaba en el suelo, con un penique en cada ojo[37].
—Muerto, sÃ, y bien muerto que está, y ahà abajo —dijo el tipo de la cabeza vendada—. Aunque si algún fantasma fuera capaz de echar a andar, serÃa el de Flint. Pero ¡maldita sea, qué triste muerte la de Flint!
—Muy triste —dijo otro de ellos—. A ratos deliraba, a ratos pedÃa ron a gritos, a ratos cantaba aquello de «Quince hombres», su eterna canción, camaradas; y, a decir verdad, desde entonces no me gusta mucho oÃrla. HacÃa un calor de justicia y la ventana estaba abierta, y lo oà entonar a voz en cuello aquel viejo estribillo, con la guadaña de la muerte planeando sobre su cabeza.
—Vamos, vamos —dijo Silver—, ya está bien de charla. Está muerto y no puede echar a andar, eso sà que lo sé; o al menos no lo hará de dÃa, podéis estar seguros. Al gato mata la curiosidad. ¡Vamos por los doblones!
Nos pusimos en marcha, pero, eso sÃ, a pesar del sol ardiente y la deslumbrante luz de aquel dÃa, los piratas no volvieron a dispersarse ni a gritar por el bosque; caminaban hombro con hombro y hablaban en voz baja. El terror del bucanero muerto les habÃa calado hasta la médula.