La Isla del tesoro
La Isla del tesoro En parte por el desánimo causado por este susto y en parte para que pudieran descansar Silver y los enfermos, el grupo se sentó en cuanto llegamos a lo alto de la cuesta.
La meseta estaba algo inclinada hacia occidente, por lo que, desde el lugar en el que nos habíamos detenido, se dominaba una amplia extensión de terreno a ambos lados. Frente a nosotros, por encima de las copas de los árboles, divisábamos el cabo de los Bosques festoneado de espuma. Por detrás no solo avistábamos el fondeadero y la isla del Esqueleto, sino, más allá del banco de arena y de las tierras bajas orientales, un gran trozo de mar abierto por el Este. Justo por encima de nosotros se elevaba el cerro del Catalejo, salpicado en algunos lugares de pinos solitarios, y en otros, hendido de negros precipicios. No se oía sonido alguno, excepto el del lejano oleaje que ascendía de la costa circundante y el zumbido de los innumerables insectos del monte bajo. No se veía ni un alma ni una vela en el horizonte. Y la amplitud de aquel panorama aumentaba todavía más la sensación de soledad.
Cuando se sentó, Silver efectuó algunas mediciones con la brújula y luego dijo:
