La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Era un trayecto de ocho o nueve millas. Silver, aunque estaba casi muerto de cansancio, empuñó un remo, como el resto de nosotros, y pronto nos deslizamos a toda velocidad sobre la lisa superficie del agua. Enseguida salimos del estrecho y doblamos la punta sudoriental de la isla detrás de la cual, cuatro días antes, habíamos varado la Hispaniola.

Cuando pasábamos por delante del cerro de los dos picos, divisé la boca negra de la cueva de Ben Gunn y una silueta junto a ella, apoyada en un mosquete. Era el caballero; lo saludamos con un pañuelo y le dimos tres hurras; Silver se nos unió con tanto entusiasmo como cualquiera de nosotros.

Tres millas más allá, justo dentro de la boca de la bahía del Norte, qué otra cosa nos aguardaba sino la Hispaniola, flotando sobre el agua. La última marea la había levantado; de haber soplado mucho viento o de haber habido mucha resaca, como en el fondeadero meridional, es posible que nunca hubiéramos dado con ella, o que la hubiéramos encontrado totalmente varada e irrecuperable. Pero el caso es que había pocos desperfectos, aparte de la pérdida de la vela mayor. Enseguida prepararon otra ancla y la dejaron caer a braza y media de profundidad. Entonces fuimos todos a la cueva del Ron, el punto más cercano a la guarida del tesoro de Ben Gunn; luego Gray, él solo, regresó con el bote a la Hispaniola, donde iba a pasar toda la noche de guardia.


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