La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Entonces todos entramos en la cueva. Era un lugar amplio, bien aireado, con un manantial y una charca de agua fresca rodeada de helechos. El suelo era de arena. Ante una gran hoguera estaba tumbado el capitán Smollett; y en el extremo más alejado, débilmente iluminado por el resplandor de las llamas, pude ver grandes montones de monedas y cuadriláteros de lingotes de oro. Aquel era el tesoro de Flint que habÃamos venido a buscar desde tan lejos y que ya habÃa costado la vida a diecisiete tripulantes de la Hispaniola. ¿Cuántas no habrÃa costado para amasarlo? ¿Cuánta sangre y cuánto dolor, cuántas buenas naves hundidas en el fondo del mar, cuántos hombres valientes caminando por la tabla con los ojos vendados, cuántos cañonazos, cuánta vergüenza y mentiras y crueldad? Acaso ningún hombre sobre la faz de la tierra pueda decirlo. Y sin embargo habÃa todavÃa tres en aquella isla, Silver, el viejo Morgan y Ben Gunn, que habÃan tenido parte en aquellos crÃmenes y que habÃan esperado en vano repartirse la recompensa.
—Entra, Jim —dijo el capitán—. No eres mal chico a tu estilo, Jim, pero creo que ni tú ni yo volveremos a hacernos a la mar. Eres a mi entender demasiado indisciplinado. ¿Eres tú, John Silver? ¿Qué te trae por aquÃ, buen hombre?
—He vuelto a mis obligaciones, señor —replicó Silver.