La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Cuatro o cinco de ellos le obedecieron inmediatamente y dos se quedaron en el camino con el terrible mendigo. Luego hubo un silencio, después, una exclamación de sorpresa, y por último, una voz que gritó desde el interior de la casa:
—¡Bill está muerto!
Pero el ciego volvió a maldecirlos por su tardanza y gritó:
—¡Que algunos de vosotros, so pasmados, lo registren! ¡Y los demás subid por el baúl!
PodÃa oÃr el ruido de sus pisadas machacando nuestra vieja escalera, y pensé que la pobre casa estarÃa temblando. Al poco tiempo se volvieron a oÃr voces de sorpresa; la ventana del cuarto del capitán se abrió de golpe de par en par y se oyó un tintineo de cristales rotos. Luego, un hombre se asomó a ella y su cabeza y sus hombros quedaron bañados por la luz de la luna; dirigiéndose al mendigo ciego, que estaba abajo en el camino, le gritó:
—Pew, nos han tomado la delantera. Alguien ha desvalijado el baúl.
—¿Está ah� —rugió Pew.
—El dinero está ahÃ.
El ciego maldijo el dinero y gritó:
—Me refiero al escrito de Flint.
—No lo vemos por ninguna parte —replicó el otro.