La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Cabalgamos a uña de caballo todo el camino hasta que nos detuvimos ante la puerta del doctor Livesey. La fachada de la casa estaba toda a oscuras.
El señor Dance me dijo que saltase del caballo y llamara a la puerta y Dogger me alcanzó el estribo para que me apoyara. Casi inmediatamente una criada abrió la puerta.
—¿Está en casa el doctor Livesey? —le pregunté.
—No —respondió ella—. Vino por la tarde, pero volvió a salir. Ha ido de visita a la mansión y a cenar con el caballero.
—Pues allá vamos, muchachos —dijo el señor Dance.
Esta vez, como la distancia era corta, no monté a caballo, sino que corrí agarrado de la ación de Dogger hasta la casa del guarda y luego por la larga avenida bordeada de árboles desnudos e iluminada por la luz de la luna; así llegamos a la línea blanca de los edificios de la mansión, rodeada de grandes y antiguos jardines.
El señor Dance desmontó, e inmediatamente fue invitado a entrar en la casa y me hizo pasar con él.
