La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El criado nos condujo por un pasillo alfombrado, al final del cual nos introdujo en una gran biblioteca, con las paredes cubiertas de librerÃas y de bustos en lo alto de las mismas; allà estaban el caballero y el doctor Livesey, con la pipa en la mano, sentados junto al fuego de una chimenea. Nunca habÃa visto al caballero tan de cerca. Era un hombre alto, de más de un metro ochenta de estatura, y corpulento, su cara era de rasgos angulosos y toscos, de piel áspera, enrojecida y curtida por sus largos viajes; sus cejas eran muy negras, y las movÃa constantemente, lo que hacÃa pensar que su carácter era no exactamente desagradable, sino vivo y excitable.
—Entrad, señor Dance —dijo, en tono digno y condescendiente.
—Buenas noches, señor Dance —dijo el médico con una inclinación de la cabeza—. Y buenas noches a ti también, amigo Jim. ¿Qué viento favorable os trae por aqu�