La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El superintendente se quedó en pie muy tieso y contó su historia como quien recita una lección, y teníais que haber visto cómo los dos caballeros se inclinaban hacia delante y las miradas que intercambiaban; hasta se olvidaron de fumar con la sorpresa y el interés. Cuando oyeron cómo mi madre había regresado a la posada, el doctor Livesey se dio unas palmadas en los muslos, muy contento, y el caballero gritó «¡Bravo!» y rompió su larga pipa en la rejilla de la chimenea. Mucho antes de que terminara el relato, el señor Trelawney (recordaréis que este era el nombre del caballero) se levantó de su butaca y se puso a recorrer la sala a grandes zancadas, mientras que el doctor se quitó la peluca empolvada, como si con ello oyera mejor, y se quedó sentado; y la verdad es que resultaba muy raro ver desnuda aquella cabeza de pelo negro afeitado.
Por fin el superintendente acabó su narración.
—Señor Dance —le dijo el caballero—, sois un alma noble. En cuanto a lo de atropellar a aquel siniestro e infame granuja, lo considero un acto loable, señor mío, como el de aplastar una cucaracha. Por lo que respecta a este muchacho, Hawkins, ya veo que es un buen chico. Hawkins, ¿te importaría tocar la campanilla? El señor Dance necesita una cerveza.
—O sea, Jim, que tienes eso que andaban buscando, ¿verdad? —dijo el doctor.