La Isla del tesoro

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—Aquí está, señor —le respondí, al tiempo que le entregaba el paquete envuelto en hule.

El doctor lo miró y lo remiró como si los dedos le rebulleran de ganas de abrirlo; pero en lugar de hacerlo, lo guardó tranquilamente en el bolsillo de su casaca y dijo:

—Caballero, cuando Dance se haya bebido la cerveza, tendrá que reincorporarse al servicio de Su Majestad; pero querría que Jim Hawkins se quedara a dormir en mi casa y, con vuestro permiso, os propongo que le sirvan la empanada fría para que cene algo.

—Como digáis, Livesey —repuso el caballero—. Hawkins se merece algo más que una empanada fría.

Así que trajeron una gran empanada de palomo y la pusieron en una mesita auxiliar, y cené de muy buena gana, porque tenía un hambre de lobo, mientras ellos siguieron alabando al señor Dance y luego se despidieron de él.

—Y ahora, caballero… —dijo el doctor.

—Y ahora, Livesey… —dijo el caballero casi en el mismo instante.

—Cada cosa a su tiempo. Cada cosa a su tiempo —dijo el doctor Livesey echándose a reír—. Ya habréis oído hablar del tal Flint, supongo yo.


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