La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¡Que si he oÃdo hablar de él! —exclamó el caballero—. ¡Que si he oÃdo hablar de él, decÃs! Era el bucanero más sanguinario que surcaba los mares. Barbanegra[14] era un angelito al lado de Flint. Los españoles le tenÃan tantÃsimo miedo que he de reconocer, señor mÃo, que a veces me sentÃa orgulloso de que fuera inglés. He visto con estos mismÃsimos ojos su gavia zarpando de Trinidad, y el cobarde borrachÃn con el que yo navegaba regresar a Puerto España[15], sà señor.
—SÃ, yo también he oÃdo hablar de él en Inglaterra —dijo el doctor—. Pero la cuestión es si tenÃa dinero.
—¡Dinero! —gritó el caballero—. ¿Es que no habéis oÃdo el relato? ¿Qué otra cosa buscaban esos granujas más que dinero? ¿Que otra cosa les importa si no es el dinero? ¿Por qué arriesgarÃan su maldito pellejo si no fuera por dinero?

—Pronto lo sabremos —replicó el doctor—. Pero estáis tan terriblemente excitado y tanto tenéis que decir que no me dejáis meter baza. Lo que quiero saber es que, suponiendo que tenga aquà en el bolsillo alguna pista del lugar en el que Flint enterró su tesoro, ¿será realmente ese tesoro tan valioso?