La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El caballero y yo nos asomamos por encima de su hombro mientras la abría, pues el doctor Livesey tuvo la deferencia de indicarme que me acercara desde la mesita auxiliar donde había estado cenando, para participar en la aventura de la investigación. En la primera página no había más que unas líneas garabateadas, como las que hace uno con una pluma en la mano cuando está aburrido o practicando caligrafía. Una de ellas decía lo mismo que el tatuaje: «El amor de Billy Bones»; luego ponía «El señor W. Bones, marinero», «No más ron», «En Cayo Palma se lo ganó» y algunos borrones más, en su mayoría palabras aisladas e incomprensibles. No pude evitar preguntarme quién sería el que «se lo ganó» y a qué se referiría el «lo» que se ganó. Lo más probable es que fuera un navajazo en la espalda.
—No hay muchas instrucciones aquí —dijo el doctor Livesey pasando la hoja.