La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Las diez o doce páginas siguientes estaban llenas de una curiosa serie de anotaciones. Había una fecha al principio de una línea y al final una suma de dinero, como se suele hacer en los libros de cuentas; pero en lugar de una frase explicatoria entre ambos conceptos, solo figuraba un número variable de cruces. Así por ejemplo, el 12 de junio de 1745, resultaba evidente que se adeudaba a alguien una suma de setenta libras, pero no había más que seis cruces para explicar el concepto. Recuerdo perfectamente que, en algunos casos, se había añadido el nombre de un lugar, como «costa de Caracas», o una indicación de latitud y longitud como «62º 17′ 20″, 19º 2′ 40″».
Las cuentas abarcaban casi veinte años, y los importes de las anotaciones iban creciendo con el tiempo; al final se había obtenido el total definitivo después de cinco o seis sumas equivocadas, y figuraban las palabras: «Bones, su lote».
—Para mí esto no tiene ni pies ni cabeza —dijo el doctor Livesey.