La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Te das cuenta, Hawkins —me dijo—; esto es un mal trago para un hombre como yo, ¿no te parece? Ahà está el capitán Trelawney… ¿Y qué va a pensar de mÃ? Tengo aquà a ese maldito hijo de holandés[20] sentado en mi propia casa, bebiéndose mi ron. Entonces llegas tú y me dices sin dudarlo quién es, y yo dejo que se nos esfume delante de mis propias narices. Vamos, Hawkins, échame una mano ante el capitán. Ya sé que no eres más que un muchacho, pero más listo que el hambre. Me di cuenta en cuanto entraste por esa puerta. Ahora, fÃjate bien. ¿Qué podrÃa haber hecho yo con esta pata de palo? Si esto pasa cuando yo era marinero apto para el servicio, voy y le cierro el paso de costado en un santiamén y tras un rápido abordaje lo obligo a detenerse. Te lo aseguro, pero ahora…
Y de repente se interrumpió, se quedó boquiabierto como si se acordase de algo y exclamó:
—¡La cuenta! Tres rondas de ron. ¡Mal rayo me parta! Se me habÃa olvidado la cuenta.
Entonces se dejó caer en un banco y se empezó a reÃr hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas. Yo no pude evitar contagiarme y reÃmos los dos a carcajadas hasta que toda la taberna se unió en coro.