La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Menudo becerro marino estoy hecho —dijo al fin, enjugándose las mejillas—. Tú y yo vamos a llevarnos muy bien, Hawkins, porque te juro que no me importarÃa ser grumete. Ahora levántate y disponte a marchar. No podemos seguir asÃ; el deber es el deber, camaradas. Me pongo el tricornio y te acompaño a ver al capitán Trelawney, para contarle lo sucedido. Porque date cuenta de que la cosa es seria, mi pequeño Hawkins. Y ni tú ni yo vamos a salir del asunto lo que se dice muy bien parados. Tú tampoco, no te creas, por muy listo que seas, por muy listos que seamos los dos. Pero ¡cáspita!, tuvo gracia lo de la cuenta.
Y volvió a soltar la carcajada de tan buena gana que, aunque a mà el asunto no me hacÃa tanta gracia como a él, no tuve más remedio que volver a reÃr con él.
Durante el paseo que dimos por los muelles, resultó ser un compañero de lo más interesante: me señaló las diferencias existentes entre las distintas naves que veÃamos, su aparejo, su tonelaje, su bandera; me explicó las maniobras que se llevaban a cabo y cómo una la descargaban, otra la cargaban y la tercera estaba a punto de zarpar; y, de vez en cuando, me contaba alguna anécdota sobre barcos o marineros, o repetÃa una expresión náutica hasta que me la aprendÃa de memoria. Empecé a darme cuenta de que era uno de los mejores mareantes que se podÃan encontrar.