Los Viajes de Gulliver

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Algunos de nuestros marineros, fuese por traición o por inadvertencia, habían enterado a los prácticos de que yo era extranjero y viajero de alguna cuenta, de lo cual informaron éstos al oficial de la aduana que me examinó muy detenidamente al saltar a tierra. Este oficial me habló en el idioma de Balnibarbi, que, por razón del mucho comercio, conoce en aquella ciudad casi todo el mundo, especialmente los marinos y los empleados de aduanas. Le di breve cuenta de algunos detalles, haciendo mi relación tan especiosa y sólida como pude; pero creí necesario ocultar mi nacionalidad, cambiándomela por la de holandés, porque tenía propósito de ir al Japón y sabía que los holandeses eran los únicos europeos a quienes se admite en aquel reino. De suerte que dije al oficial que, habiendo naufragado en la costa de Balnibarbi y estrelládose la embarcación contra una roca, me recibieron en Laputa, la isla volante -de la que él había oído hablar con frecuencia-, e intentaba a la hora presente llegar al Japón, para de allí regresar a mi país cuando se me ofreciera oportunidad. El oficial me dijo que había de quedar preso hasta que él recibiese órdenes de la corte, adonde escribiría inmediatamente, y que esperaba recibir respuesta en quince días. Me llevaron a un cómodo alojamiento y me pusieron centinela a la puerta; sin embargo, tenía el desahogo de un hermoso jardín y me trataban con bastante humanidad, aparte de correr a cargo del rey mi mantenimiento. Me visitaron varias personas, llevadas principalmente de su curiosidad, porque se cundió que llegaba de países muy remotos de que no habían oído hablar nunca.


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