Ana Karenina
Ana Karenina Un pensamiento consolador acudía a su cerebro al pensar en lo que había hecho al principio de su ruptura con Karenin. Ahora, evocando el pasado, sólo se atenía a este pensamiento: «He causado la inevitable desgracia de ese hombre, pero no me aprovecho de ella, ya que también sufro y sufriré en el futuro al perder lo que más aprecio: mi nombre de mujer honrada y mi hijo. He obrado mal y por eso no quiero el divorcio ni la felicidad, y sufriré mi deshonra y la separación del ser a quien tanto quiero».
Pero, pese a su intenso deseo de sufrir, no sufría ni notaba para nada la deshonra. Con el vivo tacto que ambos poseían, eludían en el extranjero a los rusos, no se ponían nunca en falsas situaciones y siempre hallaban gente que fingía comprender su posición mutua mucho mejor que ellos.
La separación de su hijo, a quien tanto quería, tampoco la atormentó demasiado al principio. La niña, hija de Vronsky, era muy graciosa y cautivó su cariño desde que quedó sola con ella, así que rara vez se acordaba de Sergio.
Su deseo de vivir, acrecido con la convalecencia, era tan fuerte y las condiciones de su vida tan nuevas y agradables, que Ana se sentía inmensamente dichosa.