Ana Karenina
Ana Karenina Andando con paso ligero, sin cesar de mirar a su marido y mostrándole su rostro animoso y lleno de piedad, Kitty entró en la alcoba del enfermo y, volviéndose suavemente, cerró la puerta sin ruido. Siempre silenciosa, se aproximó al lecho donde aquél yacía y se puso de modo que él no necesitase volverse para verla. Tomó con su mano joven y fresca la enorme manaza de él, se la apretó con aquel calor con que saben hacerlo las mujeres, calor que expresa compasión sin ofender, y empezó a hablar al doliente.
–Nos vimos en Soden, pero no fuimos presentados –dijo–. No pensaría usted entonces que iba a ser hermana suya…
–Y usted, ¿me habría reconocido? –preguntó él, iluminado su rostro por una sonrisa.
–¡En el acto! Ha hecho muy bien en avisamos. No pasaba día sin que Kostia me hablase de usted y se preocupase por su estado…
La animación del enfermo duró poco. Apenas ella concluyó de hablar, el rostro de Nicolás recobró su expresión severa y de reproche, la expresión de la envidia del moribundo a los que quedan vivos.
Temo que no esté usted bien aquí –dijo Kitty, volviéndose y examinando la habitación con rápida mirada–. Hay que pedir otro cuarto al dueño de la fonda. Debemos estar más cerca –dijo a su marido.