Ana Karenina
Ana Karenina –Ea, probemos, probemos lo de las mesas –insistió Vronsky. Y dirigiéndose a la madre de Kitty, preguntó–: ¿Nos lo permite? –mientras miraba a su alrededor, buscando un velador.
Kitty se levantó para ir a buscarlo. Al pasar ante Levin, se cruzaron sus miradas. Ella le compadecÃa con toda su alma. Le compadecÃa por la pena que le causaba.
«Perdóneme, si puede», le dijo con los ojos. «¡Soy tan feliz!»
«Odio a todos, incluso a usted y a mà mismo» , contestó la mirada de él.
Y cogió el sombrero. Pero la suerte le fue también contraria esta vez. En el instante en que todos se sentaban en torno al velador y Levin se disponÃa a salir, entró el anciano PrÃncipe y, tras saludar a las señoras, dijo alegremente a Levin:
–¡Caramba! ¿Desde cuándo está usted aquÃ? ¡No lo sabÃa! Me alegro mucho de verle.
El PrÃncipe le hablaba a veces de usted, a veces de tú. Le abrazó y se puso a hablar con él. No habÃa reparado en Vronsky, que se habÃa puesto en pie y esperaba el momento en que el PrÃncipe se dirigiese a él.