Ana Karenina
Ana Karenina Kitty comprendÃa que, después de lo ocurrido, la amabilidad de su padre debÃa resultar muy dolorosa para Levin. Notó también la frialdad con que el PrÃncipe saludó por fin a Vronsky y cómo éste le contemplaba con amistoso asombro, sin duda preguntándose por qué se sentirÃa tan mal dispuesto hacia él.
Kitty se ruborizó.
–PrÃncipe: déjenos a Constantino Dmitrievich. Queremos hacer unos experimentos ––dijo la condesa Nordston.
–¿Qué experimentos? ¿Con los veladores? Perdóneme, pero, en mi opinión, casi es más divertido el juego de prendas –opinó el PrÃncipe mirando a Vronsky y adivinando que era él quien habÃa sugerido el entretenimiento–. Por lo menos, jugar a prendas tiene algún sentido.
Vronsky, más extrañado aún, contempló al PrÃncipe con sus ojos tranquilos. Luego empezó a hablar con la condesa Nordston del baile que debÃa celebrarse la semana siguiente.
–Asistirá usted, ¿verdad? –preguntó a Kitty.
En cuanto el viejo PrÃncipe dejó de hablarle, Levin salió procurando no llamar la atención.