Ana Karenina
Ana Karenina En los primeros días de su estancia en Moscú, Levin se ocupaba continuamente de los caballos que había traído del campo. Quería organizar este asunto de la mejor manera y más económica, pero, al fin, había tenido que recurrir a los caballos de alquiler, porque los suyos le resultaban demasiado caros.
–Manda a buscar al veterinario. Quizá tenga una magulladura en ese casco.
–¿Y para Katerina Alejandrovna? –preguntó Kusmá.
A Levin le sorprendió, como en el primer tiempo de su estancia en Moscú, que para ir de Vosdvijenskoe a Sivzev Vrajek hubiera que enganchar un pesado carruaje con un par de fuertes caballos que salvasen el barro pegajoso y la nieve y, después de un cuarto de versta, dejarlos allí cuatro horas pagando por ello cinco rublos.
–Ordena al cochero de alquiler que traiga un par de caballos para nuestro coche –dijo.
–Sí, señor.
Y después de haber resuelto tan fácilmente, con tanta sencillez, gracias a las condiciones de vida en la ciudad, aquella cuestión que en el pueblo hubiera requerido tanto trabajo y atención personal, Levin salió a la escalera y, habiendo llamado a un coche de alquiler, se sentó en él y se dirigió a la calle Nikitskaya.