Ana Karenina
Ana Karenina –Por favor, no te acalores –repuso Esteban Arkadievich, dando unas palmaditas afectuosas en las rodillas de su cuñado–. El asunto no está terminado. Si me lo, permites, haré una recapitulación de él: Cuando os separasteis, te portaste con tanta grandeza de alma, dándole la libertad, el divorcio, todo … . que Ana se sintió conmovida por tu generosidad… SÃ, conmovida; no lo dudes. Se sintió asà hasta el punto de que en los primeros momentos, viéndose culpable ante ti, no pudo pensar y no pensó en detalles, y fue cuando renunció a todo. Pero la realidad, el tiempo, le han mostrado que su situación es dolorosa, insoportable.
–La situación de Ana Arkadievna no puede interesarme ––contestó Karenin levantando la vista y fijándola, frÃa y severa, en Esteban Arkadievich.
–PermÃteme que no lo crea –replicó suavemente Oblonsky–. Su situación –continuó– es agobiadora para ella y no ofrece ventaja alguna a nadie. Me dirás que se la ha merecido… Ana lo reconoce, y precisamente por eso no te lo pide directamente; no se atreve a hacerlo. Pero yo, todos sus parientes, todos los que la queremos, te lo rogamos. ¿Por qué atormentarla tanto? ¿Qué ganas con eso?
–Perdóname, pero me parece que me pones en el lugar del acusado –interrumpió Alexey Alejandrovich.