Ana Karenina

Ana Karenina

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Ana, sin contestar a su marido, tomó los prismáticos y miró hacia el lugar donde Vronsky había caído. Pero estaba bastante lejos y se había precipitado allí tanta gente que era imposible distinguir nada. Bajando los gemelos, se dispuso a marcharse. Pero en aquel momento llegó un oficial a caballo e informó al Emperador. Ana se inclinó hacia adelante para escuchar lo que decía.

–¡Stiva, Stiva! –gritó, llamando a su hermano. Mas él, aunque no estaba lejos, no la oyó, y ella se dispuso de nuevo a irse.

–Insisto en ofrecerle mi brazo si quiere salir –dijo su marido, tocando el brazo de Ana.

Ésta se separó de él con repulsión y contestó, sin mirarle a la cara:

–No, no, déjame; me quedo.

Veía ahora que, desde donde cayera Vronsky, un oficial corría a través del campo hacia la tribuna.

Betsy le hizo una señal con el pañuelo. El oficial anunció que el jinete estaba ileso, pero que el caballo se había roto la columna vertebral.

Al oírlo, Ana se sentó y ocultó el rostro tras el abanico. Karenin veía que su mujer no sólo no podía reprimir las lágrimas, sino ni siquiera los sollozos que le henchían el pecho. Entonces se puso ante ella, para darle tiempo a reponerse sin que los demás notaran su llanto.


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