Ana Karenina

Ana Karenina

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Sólo cuando una tarde, al llegar a casa de los Scherbazky para ir al teatro, entró en el gabinete de Kitty y vio su amado rostro deshecho en lágrimas, dolorido por la pena irreparable que él le produjera, comprendió Levin el abismo que mediaba entre su deshonroso pasado y la pureza angelical de su prometida. Y se horrorizó de lo que había hecho.

–Tome, tome esos horribles cuadernos –dijo la joven, rechazando los que tenía ante sí–. ¿Para qué me los ha dado?… Pero no; vale más así –añadió, sintiendo lástima al ver la desesperación que se retrataba en el semblante de su novio–. Pero es horrible, horrible…

Levin bajó la cabeza en silencio. ¿Qué podía hacer?

–¿No me perdona usted? –murmuró, al fin.

–Sí. Le he perdonado ya. ¡Pero es horrible!

No obstante, la felicidad de Levin era tan grande que aquella confesión, en vez de destruirla, le dio un nuevo matiz.

Kitty le perdonó; pero él desde entonces se consideraba indigno de la joven, se inclinaba más y más ante ella y apreciaba como mayor su inmerecida ventura.

 


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